jueves, 22 de septiembre de 2016

Lodestar

Viernes. 7 de la noche. Victoria Station. Fue lo más temprano que pude llegar a buscar un bus que me sacara de Londres, específicamente al famoso pueblo de Cambridge. En realidad no tenía ni idea de si quedaba lejos, o cual era el bus que podía tomar. Mi única herramienta era un folleto que recogí en una tienda de música en Denmark Street. En ese folleto estaban buscando voluntarios para un festival, habian unos teléfonos, un e-mail y un texto con indicaciones.

Les había escrito un correo semanas antes ofreciéndome, a lo que me respondieron diciendo que me esperaban, y que llevara una carpa para dormir. Decidí irme aún con un par de billetes que era lo único que tenía, y sin carpa, a ver que pasaba. Luego de un trayecto de un par de horas llegué a una parada de buses en Cambridge, cuando se acercaba la media noche. El pueblo seguía vivo con gente andando y en bici, a pesar del frio invernal.

Luego de pedir indicaciones a un par de personas, llegue a la parada del bus que se dirigía a Lode, un pequeño condado en el que se llevaba a cabo el festival. Sin embargo descubrí que estos buses dejaban de pasar como a las 9 PM. Después de un rato sentado en la parada, decidiendo que hacer, me dirigí a Sainsbury, un almacén en donde las cervezas era muy baratas, e incluso con mis pobres finanzas, podría llevarme un six pack. Luego me decidí a conocer el pueblo en su totalidad, así fuera en la madrugada, por lo que me acercaba a la puerta de cuanto pub encontraba para pedir cigarrillos a la gente que fumaba afuera. 

Estuve caminando en el frio, acompañado de cervezas baratas y cigarros regalados, hasta que las rodillas me empezaron a doler, por lo que me dirigí de nuevo a la estación. Decidí que iba a dormir ahi, hasta que volvieran a pasar buses, lo que no fue difícil dado el cansancio y en algo por las polas. Cuando me desperté estaba en una banca de la estación y ya había amanecido. Sin embargo todavía no pasaban buses, por lo que decidí desayunar con una dona de Sainsbury, de nuevo a un gran precio.

Al llegar el bus, noté que solo lo tomaban ancianos que me miraban bien raro. En medio de la paz bucólica que ofrecia este bus en medio del campo británico me quedé dormido de nuevo. Cuando me desperté pregunté por Lode, pero me dijeron que ya había pasado hace rato. Sin otra opción, le conté mi historia al conductor quien se ofreció a llevarme a Lode cuando terminara el trayecto.

Una vez llegamos a esa pequeña villa, en donde sólo habían casas rurales, seguí unas señales que conducían al festival, pero creo que era la única persona que llegaba caminando a éste lugar. Camine casi 40 minutos hasta llegar. En cuanto llegué me presenté, me dieron una escarapela y me dijeron que ayudara a recoger latas y vasos, pero la verdad es que sólo fui a pillar a las bandas y no trabajé nada. Recuerdo que esa noche las headliners fueron las brasileñas CSS. Ése público era mucho más homógeneo, no como Londres donde había gente de todo lado. La verdad era que ahi si me sentía como bicho raro. Varia gente me preguntaba si en Colombia era famoso CSS, y algunos se sorprendían simplemente con el hecho de que ellas cantaran en portugués y yo hablara español, y no les entendiera nada.

En algún punto todo el mundo empezó a dirigirse a sus carpas, pero yo sin más opción me eché en el pasto. Al verme ahi unas personas me preguntaron que si estaba bien, entonces decidí echarles una pequeña ficción a ver que resultaba: Les dije que si tenía carpa pero que en la estación de Londres me la habían robado entonces estaba sin carpa. Ese mismo parche me ofreció espacio en sus carpas, en las cuales había una farra áspera preparada: trago, porro y poca voluntad.

Al otro día no me pusieron a hacer nada en la mañana, entonces estuve parchando con los nuevos conocidos, a quien les gustaba oir mis historias. No necesito mucho más para amañarme. Vimos algunas bandas entre las que recuerdo a The Datsuns. En algún punto de la tarde me llamaron para asignarme tareas, a lo que fuí a regañadientes. El trabajo que me pusieron a hacer no era tan malo: Tendría que colaborar en los camerinos para las bandas de la noche, llevando agua, toallas y principalmente viéndolas desde el mismo escenario. 

Luego de un par de horas de estar sentado por ahí, se disponía a tocar la primera banda a la que si le quería ayudar: Cage The Elephant. Les deje agua y toallas en el camerino, mientras otra gente les dejaba comida, y me dirigí al escenario a ser testigo de todo su show. Luego de un gran set de canciones, regresé a hacer el mismo trabajo para la banda que seguía: The Magic Numbers.

En algún momento de su concierto recordé que tenía que estar en Londres al otro día en el trabajo. Si me echaban tendría que pasar muchas más noches en estaciones de bus, por lo que mientras esa multitud disfrutaba de esa grandiosa banda, salí por las puertas del festival a hacer auto stop por si algún carro me llevaba, mientras deambulaba por un camino rural en el medio de la nada.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Con cariño, Carlos Barat

Como todos los viernes y sábados de ese mes, llegué a Camden Street un poco antes de las 11 de la noche, pedaleando bajo la helada brisa del invierno británico. En el transcurso de 3 horas cada día, alimentaba mi envidia y resentimiento por estar parchando por el mítico Camden Town de esa manera: repartiendo volantes, mientras todo el mundo pasaba bien loquito. 

Llegué hasta Barfly a recoger el paquete de volantes que tendría que entregar hasta las 3 de la mañana, y me asignaron mi lugar de repartir: el puente cerca a Camden Lock. Puta mierda, el único lugar más frio que el resto, porque era al lado de un canal, y me tocaba a mi. Antes de salir revisé si esa persona que buscaba ya se encontraba por ahi, pero no tuve suerte.

Apenas salí, me dirigí hacia donde un finés que repartía volantes para otro bar, a quien había conocido semanas atrás. El man la tenía clara: se paraba al lado del muro de Amy Winehouse, uno de lo lugares más concurridos, y con la apariencia de repartir volantes vendia yerba, perico y pepas. Debido a que ese día no tenía ánimos de repartir ni mierda, le pedí que me compartiera unos plones y nos quedamos viendo como, en medio de ese frio, pasaban adolescentes con minifalda y como de vez en cuando se asomaban cabezas a través de las ventanas de limosinas para vomitar.

A pesar de que necesitaba las 15 libras que me pagaban para sobrevivir esa semana, mi plan se centraba en encontrar al guitarrista que haría un DJ set esa noche en Barfly, y pedirle que firmara el vinilo que había comprado de segunda apenas supe que daría su show en ese lugar. No podría regresar antes de las 3 o mi pago estaba en riesgo, por eso boté los volantes en una caneca cercana y le ayude un rato al amigó finés en sus ventas.

Cuando dieron las 3 mi consciencia estaba bastante alterada, pero a pesar de eso decidí ir a cobrar mis 15 libras y ver si habia oportunidad de concretar mi plan. A pesar de la fila enorme que había para entrar, el man de seguridad me dejó entrar ya que de seguro me recordaría como el indio o paki que repartía volantes.

Allí en una mesa, echando polas con otra gente, estaba como lo que es: un ser humano común y corriente. Saqué mi copia de "Up The Bracket" de la maleta, me acerqué como si fuera un viejo amigo y le pedí que firmara mi copia. Tal vez al oir mi acento sintió curiosidad y me preguntó por mi proveniencia: "Colombia". Al parecer esto también le generó curiosidad, o tal vez le pico la nariz, y sostuvo un corta pero amena charla por unos minutos, para luego dejar sus palabra en mi vinilo: "Con cariño, Carlos Barat".


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Un paseo por El Raval

"Mijo, mijo... ¿a que horas va a caer?". Ya llevaba dos días en Barcelona y no habia logrado encontrarme con Carlitox aún. La jornada de capacitaciones y reuniones laborales por las que terminé en Cataluña ocupaban casi la totalidad del día. Sin embargo decidí que así fuera casi la media noche saldría en busca de lo que la noche de verano podría ofrecerme: "Negrito, hasta ahora me desocupé. ¿A dónde le caigo?".

"Pillemonos en La Sagrada Familia a las 12 mijoooo". Aunque los únicos tennis que tenía me habian causado llagas en los días anteriores, no tuve otra opción que usarlos por cerca de una hora, que era el tiempo que duró mi caminata desde Carrer de Princesa, y llenarme los pies de sangre.

Después de resto sin pillar a Carlitox, llegó con su clásica camiseta de fútbol, al KFC que quedaba al frente de la catedral. De inmediato nos dimos a la búsqueda de las primeras polas de la noche, las cuales fueron de una tienda de pakistanís. Después de un resto andando por la ciudad, y varias compras de trago más, llegamos a El Raval, un barrio que mezcla de anticapitalismo con suciedad y bohemia.

Nos parchamos en un parquecito que estaba lleno de skaters, hippies y chirris, allí descargamos nuestra dotación de licor y cigarros, y nos dedicamos a actualizar todos los chismes. Carlitox contaba de lo duro que pegaba en Barcelona Systema Solar, y lo solo que estuvo el concierto de 1280 Almas.

En algún momento llegaron unos okupas italianos a pedirnos cigarros, y les ofrecimos uno porque después nos los ganabamos. En un extraño trato, fruto del agradecimiento o del exceso de comida, los okupas nos regalaron pizza que recogian de los restaurantes. Se parcharon un rato hasta que se aburrieron de nuestro falso acento, mezcla de español callejero, San Andresito y las novelas de Pablo Escobar.

En ese momento ya el parquecito se habia quedado solo, y solo quedabamos nosotros, un pakistaní que volvía cada tanto a seguir ofreciendo pola y un chirri durmiendo. La tranquilidad que inundaba el lugar fue alterada por unos gritos que venian de algunas de las esquinas del parque. Resulta que un chirri quería robar a otro y este le respondió con cuchillo en mano. A pesar de que en teoría sería una escena de susto, la persecusión que contemplamos, que ocurría a cámara lenta, solo generó un cague de risa.

Cuando el chirri asaltador huyo de la escena, el afectado se dirigió a nosotros: "¿Ustedes que están viendo? Ustedes no han visto nada tios". Y como colombiano no come de chirri español, así tenga cuchillo en mano, nos paramos y le hablamos bien duro, y con el mejor (o peor) acento antioqueño posible: "Nosotros sabemos que en la calle no se roba papi, estamos aca sanos, así que no nos joda". Ante tal imponencia montañera el chirri se excusó y regreso a su rincón.

El man de la cerveza ya se había ido, por lo que tuvimos que ir en busca de más cerveza en otro lugar. Nos dirigimos a Les Rambles y allí compramos otro sixpack de Estrella Galicia. Esta vez, debido a la hora y a nuestro estado tal vez, otro pakistaní nos ofreció variedad de drogas en un atropellado español. De nuevo ese acento, que a pesar de ser colombianos no nos pertenece, salió a flote: "Papi nosotros de Colombia, ¿si pilla?... si nos gusta le compramos harto, pero nos tiene que dejar probar". Luego de unas llamadas en árabe, el man acepto y nos permitió una agradable degustación y nos dijo que el gramo era a 50 euros. Tras eso, intercambiamos teléfonos, y le dijimos que lo llamariamos a ver que. Obviamente nunca ocurrió.

Mientras caminabamos (o tambaleabamos mejor) por el Barrio Gótico, empecé a observar rayos de sol colarse entre los edificios. "!¿Que horas son, perro?!" "Las 7 negrito". Que mierda, tenía menos de una hora para dormir, bañarme y llegar a la oficina para las respectivas capacitaciones. Caminamos hasta el hotel y fumamos el último cigarro del encuentro. Agradezco al Red Bull, al café y al vómito haberme permitido pilotear otro día oficinesco.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Cinco Luquitas


Como en muchas otras noches, la Universidad Nacional nos despedía después de una noche de tragos y vagancia. Junto a Alejandra nos dirigimos a la estación de Transmilenio de la Calle 45, esperando encontrarla en servicio aún. Al poco tiempo de llegar, y en medio de la espera del bus, nos encontramos con Valentina quien también iba para el cochino sur como nosotros. Fue ella quien nos dijo que solo estaban pasando rutas directo a San Mateo.

En medio de la confusión, y debido al grado de borrachera, decidimos abordar el primer bus que pasó, el cual anunció su próxima parada más allá del Portal Sur, tal como Valentina lo había predicho. Al llegar a ese punto no supimos que hacer porque estábamos lejos de casa, por lo que decidimos devolvernos en el primer bus que fuera hacia la otra dirección.

Sin saber como este nos condujo de nuevo a la Universidad, y al ser el último servicio no teníamos otra opción que salir de la estación porque ya la estaban cerrando. Con justa razón, las dos mujeres estaban furiosas conmigo y escasamente me dirigían la palabra.

Al salir de la estación nos encontramos con Oscar y Cris, quienes parecían estar en una situación parecida, en medio de la oscuridad callejera y sin mucho que hacer. Después de un intercambio de saludos apareció un parche, al parecer conocido de Cris, quienes proponían algún plan en alguna parte de Chapinero.

Tanto Cris como Alejandra estaban enojadas y nos mandaron a la mierda, se fueron con ese parche y nos bajaron del plan. Al quedar aburridos y sin chicas decidimos caminar hacia Teusaquillo, atravesamos el Park Way y fuimos en dirección al Parque Armenia. Con la plata que recolectamos pudimos comprar unas polas en un centro cultural lleno de gente medio hippie y alternativa.

Uno de estos nos ofreció unos porritos ya armados a 5 lucas, pero ya no teníamos más plata y Oscar no se animó. La noche continúo en silencio, sentados en un anden del parque, con la pesadumbre de haber sido sacados del plan y de no haber tenido 5 luquitas.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Puto Lobo Negro

Hace muchos años, cuando era muy pequeño me aventuraba a andar en un espeso bosque, uno muy oscuro y misterioso. Solía hacerlo cada noche, después de ir al colegio, de jugar y de ver televisión. Ya de noche, cuando todo se ponía oscuro, me adentraba en ese bosque y pensaba en muchas cosas. En una noche de esas me encontré a un puto lobo negro.

Era horrible y me asustó tanto que me puse a llorar. Mi papa me escuchó y fue a ver que me pasaba. Al oirlo el lobo se fue, pero le conté que me lo había encontrado. Él, con toda naturalidad, me dijo que ese lobo asustaba a mucha gente y que se la pasaba merodeando por ahí. "Solo no piense más en eso" fue lo único que me dijo.

Sin embargo el puto lobo me comenzó a seguir a cualquier lado a donde iba. Cuando iba a estudiar, cuando leía, cuando acompañaba a mis papas a alguna visíta, en todo lado estaba ese puto lobo negro. Por muchos años le temí y trataba de hacer como que no existía. Ya siendo un poco más grande me cansé y decidí enfrentarlo.

Resulta que el puto lobo negro era muy inteligente. En vez de asustarme, empezó a causarme fascinación. Durabamos largas horas hablando, era brillante y muy convincente. Sin embargo todo lo que me decía era tan oscuro como su pelaje. Alguna vez me convenció de que toda la gente era imbécil y que debía odiarlos a todos. En otra ocasión aseguró que yo no podría ser nada en la vida porque era colombiano y pobre. Incluso llegó a afirmar que nunca podría amar a nada ni a nadie.

En un punto ya no quise hablar más con él porque me empezó a convencer de que vivir era un sinsentido, un esfuerzo inútil y que la vida no era más que una carga. A pesar de que sus argumentos eran irrefutables, no me gustaba pensar en la escena de mi familia llorando mi muerte, entonces volví a ignorarlo. Pero el puto lobo negro sigue ahí, acechando en todo momento y lugar. Se mete a mi cuarto cuando suena Julio Jaramillo o Arcade Fire y suelta unas carcajadas cuando camino solo y veo gente feliz en un día de sol.

Puto lobo negro, se para en la puerta de la casa cuando quiero salir y me toca quedarme en casa echado mirando al techo. Puto lobo negro, empieza a aullar cuando voy a trabajar. Puto lobo negro, no deja de ladrar cuando trato de estar en paz. A veces se va un rato si lo ignoro, pero siempre vuelve a regresar más puto y más negro. Puto lobo negro.

martes, 3 de junio de 2014

Bukowski vendiendo cigarros en la calle 45

Me despedí de Cristian en un parque de Palermo, uno que es muy grande, donde parcha la gente de la Universidad Católica y de la Santo Tomás. “Espérese y nos tomamos otra pola” me decía tratándome de convencer. Miré el reloj y faltaban como 15 minutos para las 7. Había quedado de ir a un toque y haciendo cuentas de tiempo ya era hora de ir a coger el bus. Además el andaba con una chica y pensé que era mejor que se quedara con ella a ver si resultaba algo.

“Todo bien Cristo, yo arranco ya. Me toca ir a la casa a cambiarme y luego voy para el toque”. Me dejó con la mano extendida mientras me decía que todavía era temprano, que ni siquiera eran las 7. El problema es que me tocaba ir hasta mi casa en el sur y luego salir para el toque que era en La Hamburguesería de Colina Campestre. “¡Uh, es que es bien lejos!, no pues hágale entonces. ¿Por dónde se va?” Mientras me estrechaba la mano ahora sí, le dije que bajaba por la calle 45 hasta la carrera 30. “¡Vale, estamos hablando entonces!”.

Al comenzar a caminar todo empezó a pasar extremadamente lento, cada paso que daba empezaba a sentirse como una eternidad. Vi los últimos árboles del parque y me pregunté desde hace cuantos años estarían ahí sembrados. El simple acto de dirigir la mirada hacia otro punto parecía esforzado y cada pensamiento se empezaba a entrelazar de manera extraña con otros que aparentemente nada tenían que ver.

Saqué los audífonos para escuchar música desde el punto en que la había dejado horas atrás: Parquet Courts. El frenesí de Light Up Gold me causaba una extraña sensación de aturdimiento, ¿cómo podía ir esa canción tan rápido si todo pasaba tan lento? Pasé por una panadería en la que había unos obreros merendando tinto con roscón y al quedarme viéndolos el hi-hat de la canción empezó a ralentizarse como un casette cuando se está dañando. 

Ahora podía encontrar pequeños detalles en las guitarras que nunca había notado. Los obreros se fijaron que los estaba observando entonces seguí caminando. Sentí que ya había pasado como media hora desde que me despedí de ellos pero al voltear la mirada si acaso me había alejado media cuadra del parque.

Al seguir mi camino cada anuncio de tienda se robaba mi atención y contribuía a aumentar la cadena de pensamientos de manera vertiginosa. Tienda de mascotas, comida china, chuzo de empanadas, minutos a celular, pizzería, tiendita de cervezas con rockola, librería… ¡Ya estaba en la 45 y yo ni me había dado cuenta! No recuerdo que hora era, parecía que hubiera pasado una hora o dos, pero debía ser hora pico porque los andenes estaban repletos de gente. 

¿Alguna vez se han fijado que hacen las personas con que se cruzan por la calle? Es un ejercicio fascinante: la mayoría de personas ignoran que se cruzaron con otra vida por la calle. Una ciudad hace demasiado banal una sola vida como para prestarle atención. Lo extraño pasa cuando alguien si la nota. Un cruce de miradas puede ser algo intimidante y aterrador, es por eso que el 99% de personas que se atreven a mirar a quien se les cruza lo hacen en menos de un segundo para velozmente mirar en otra dirección.

Esto me emocionó tanto que de repente iba caminando con una sonrisota como si me burlara de los transeúntes. Ahora si habían muchos más que se me quedaban viendo. Y con toda razón. A lo mejor se preguntarían “¿ese guevón de que se ríe? ¡Esta noche tan gris y lluviosa, esta calle tan cochina y congestionada y ese ahí riéndose solo!”.

Sonaba “Stoned & starving” cuando un par de travestis pasaron. Aún estaba en mi ejercicio de mirar rostros desconocidos y uno de ellos, muy gentilmente, me mandó un beso. ¡Ja! ¿Solo ha sonado una canción? ¿Porque siento que hubieran pasado como 3 horas? Ese feedback de guitarra al final de “Stoned & starving” es demasiado. Hacen chillar esa guitarra a un punto que mis oídos no aguantan. Mejor cambio la canción. Frecuentemente termino poniendo el primer álbum de The Libertines. ¡Qué delicia!

A mi derecha había un muro que nunca parecía terminar. Debía ser un colegio o algo parecido. En este punto ya no me cruzaba con nadie más y dirigí la mirada al piso. Sin embargo en la vista periférica seguía presente el muro a un lado y el trancón de carros al otro. Sentí que estuviera fingiendo caminar con un fondo que se movía, al estilo de algunos videos musicales. Ese muro y ese ambiente de llovizna y smog me hacían pensar en algún lugar y tiempo lejano. Algo tipo Manchester, Inglaterra tatcheriana, paros obreros, The Specials o Madness. 

El muro terminó en la mejor parte de mi videoclip imaginario y tuve que parar a esperar que el semáforo cambiara para poder cruzar. A un lado estaba la pastelería Toledo y al otro lado se divisaba ParkWay. Para ese momento ya tenían que haber pasado de seguro 4 horas. Ya era demasiado tarde para ir al toque. Al cruzar la calle me acerque a un vendedor ambulante.

Para ese momento el ejercicio de mirar rostros había terminado. Tomé un cigarrillo y le pasé 300 pesos. El trataba de entablar una conversación conmigo pero escasamente le podía responder. Yo no estaba en modo conversación y no me decidí a mirarlo a la cara. Le di las gracias y me fui.

Justo en el momento en que me giré me pareció creer que era igual a Charles Bukowski, pero no lo había visto bien. ¿Sería realmente él? Si alguien hubiera sido capaz de burlar a la señora Muerte y a todo el resto del mundo de paso, ese hubiera sido él. Tal vez había aceptado una invitación de Marco Antonio Calá a Bucaramanga y ahora estaba en Bogotá vendiendo cigarros y dulces.

Traté de despabilarme. ¿En que estaba pensando? Ese no podía ser Bukowski. El tipo no hubiera sido tan amable; y claro, no es posible escapar de la señora Muerte. El tipo estaba muerto desde hace un buen tiempo. Sin embargo sentí que debería devolverme para comprobar que no fuera él. Antes de hacerlo también pensé que si no me cercioraba quedaba un margen de duda y tal vez eso era mejor, así podía echar mejor el cuento.

Estando en este dilema se me acerco un indigente a pedirme el cigarrillo. Yo estaba ocupado pensando en mi incierto encuentro entonces solo le hice el gesto con la cabeza de que no. Parecía molesto pero no podía escuchar que decía, yo solo oía “Time for Heroes” de The Libertines. Para ese momento ya iba llegando al puente peatonal de la carrera 30 y súbitamente decidí que iría a comprobar de una vez por todas si ese era Bukowski o no.

En ese repentino giro me encontré de frente con el hombre que quería mi cigarrillo. Venía tras de mi encorvado como una leona lista para atacar a su presa. Creo que de alguna manera lo sorprendí porque se quedo quieto por un momento con cara de sorpresa. En ese momento alcancé a ver que en su mano empuñaba un pedazo de lata y tuve el tiempo suficiente para volver a girar y salir corriendo.

Cuando llegué al puente peatonal de Transmilenio volteé a mirar para ver si me habían perseguido pero todo parecía indicar que no. Decidí que ya no iría al toque, era a las 10 y tenían que ser por lo menos las 11. Ya no tenía ningún propósito siquiera intentarlo. Antes de subir el puente peatonal miré al reloj que había a la entrada de la estación: 7:12 p.m. Hasta el día de hoy la única explicación que logró encontrar para esa tarde es que en la 45 el tiempo se detiene.

lunes, 10 de marzo de 2014

Visitando a Lou Barlou en el Electric Ballroom.

Camden Street es la arteria principal que da vida al distrito de Camden Town en el norte de Londres, ese sector que se ha convertido en un lugar legendario por los personajes y eventos que han pasado por sus calles. En la parte más norte está por ejemplo The Roundhouse, un recinto que ha albergado a bandas de la talla de The Doors, quienes ofrecieron su única presentación en Reino Unido en 1968 en este lugar, o los primeros conciertos de The Ramones que dieron lugar a la explosión punk en esta ciudad.

Entre la numerosa cantidad de pubs, cafés y tiendas de todo tipo, sobresalen lugares como Koko's, The World's End y The Good Mixer (que era un punto de encuentro recurrente para Graham Coxon y también para los hermanos Gallagher). Tan solo un poco al sur del legendario Camden Market murió Amy Winehouse y un mural enorme la recuerda: "Nobody Stands in Between Me and my Camden".

Justo al frente de ese muro esta Electric Ballroom, un lugar que al igual que todo Camden ha albergado a una cantidad de músicos de la que solo unos poquísimos sitios en el mundo pueden enorgullecerse. Por más de 70 años, Electric Ballroom ha sido parte fundamental del desarrollo musical del Reino Unido y del mundo
Al llegar, la primera impresión es que se trata de un pequeño recinto con capacidad para no más de 200 personas pero hay que tener en cuenta que en Londres la construcción subterránea ha estado presente desde mucho tiempo atrás y los sótanos son más que comunes. Es por eso que al entrar y bajar por unas largas escaleras resulta sorpresivo observar ese enorme espacio y esa tarima con envidiables artefactos de sonido en vivo.

El público de esta noche es totalmente heterogéneo: hay personas de todas las edades y apariencias, hay camisetas de muchas bandas, desde la infaltable de Ramones hasta una de Pavement. Al llegar al puesto del merchandise pregunto por Michaela, fue con ella con quien intercambie un par de correos electrónicos para ver si podía realizar esta entrevista (fingí ser periodista, por cierto). El hombre con el que hablo me pide que espere y va a buscarla. Tras unos minutos regresa con ella, quien me saluda muy efusivamente como si nos conociéramos de hace mucho.
Me pide que la acompañe y luego de atravesar con dificultad el lugar, debido al público que ya empieza a llenar el lugar, entramos por una pequeña puerta. Al subir unas estrechas escaleras me presenta: "Camilo, el es Lou Barlow. Lou, el es Camilo. Viene de Colombia". Justo como me lo esperaba Lou apenas esboza una sonrisa y saluda de manera amigable pero silenciosa.

Al sentarnos en unos sofás, me doy cuenta de que las preguntas e intervenciones que había planeado se me han olvidado por completo, por lo que opto por hablarle de manera muy casual de lo primero que se me venga a la mente: "Esta bastante lleno el lugar ya. ¿Tocan muy seguido en Londres?
Lou: "Es un buen tiempo desde la última vez que tocamos con Sebadoh en Londres y es increíble que un concierto de Sebadoh sea exitoso hoy en día después de tantos años. Me alegra mucho ver que tanta gente haya asistido hoy"

Al ser uno de los gestores del estilo lo-fi, tanto en su trabajo con Sebadoh como con Dinosaur Jr, le pregunto acerca de ese tema; ¿La baja fidelidad como característica de su trabajo fue un desarrollo intencional o más bien accidental? Lou: "Cuando nos reunimos a hacer las primeras sesiones de Dinosaur Jr. y quisimos grabar solo contábamos con una maquina de 4 canales y lo que obtuvimos como resultado fue lo mejor que pudimos hacer en ese momento. Lo mismo ocurrió con Sebadoh. Creo que al final es solo la música la que importa"

Corriendo el riesgo de caer en una pregunta cliché tengo que preguntarle acerca de todo el fenómeno Nirvana/grunge, ¿Qué opina Lou Barlow acerca del éxito cosechado por esa generación de bandas? Sebadoh fue una de esas bandas que quedaron al margen de la gran industria ¿Hubieran querido esa clase de éxito o se sienten bien con el estatus con el que se quedó Sebadoh?
Lou: El fenómeno Nirvana como usted lo llama es simplemente el hecho que las grandes disqueras se dieron cuenta que los jóvenes amaban ese tipo de música. El caso particular de que fuera Nirvana el fenómeno que fue se debe a que era una gran banda con grandes canciones. Ahora, si alguien afirma que no quisiera mayor éxito y mayor público muy seguramente está mintiendo pero también hay aspectos buenos de ser una banda underground. Siempre es bueno estar cerca de las personas, ver que todas las personas que asisten a un concierto en realidad han oído nuestra música, mucho más que un hit de radio, y saben quiénes somos. Si me lo pregunta, no podría verme a mí mismo como alguien diferente a cualquier persona común y corriente. Tengo una familia en Estados Unidos y cada vez que salgo de gira o hago un disco estoy trabajando para ellos. Lo que importa es hacer lo que uno quiere sin fijarse tanto en que opina la crítica u otras personas, en general.

A pesar de que esa corta intervención, tan honesta y tan concreta, me ha hecho pensar tanto, decido aprovechar para preguntarle por los cruceros por el Caribe que ha organizado Weezer anualmente y por la vida luego de la reunión de la formación original de Dinosaur Jr.
Lou: Nos conocemos con (Rivers) Cuomo desde hace muchos años. Era un gran admirador de Dinosaur Jr así como nosotros lo somos de Weezer. El y su equipo llevaron a cabo esa idea del crucero con bandas de rock y creo que lo más probable es que Dinosaur Jr fue la primera banda a la que invitó. Por extensión, también ha invitado a Sebadoh. Todo el escenario es en realidad muy divertido, viajando en un barco con otras bandas y todas las personas viendo los actos de todos los demás. Es bastante divertido. Ahora, sobre la reunión de Dinosaur Jr, ha sido algo bastante bueno. En su momento fue simplemente un par de llamadas y nos reunimos a ensayar sin muchas pretensiones. De repente nos encontramos grabando "Beyond", un excelente álbum, que fue muy bien recibido y hemos estado girando desde entonces.

Después de intercambiar algunas opiniones sobre música, sobre Colombia y sobre Inglaterra Lou Barlow dice que la entrevista está bien hasta ahí y sale a mezclarse entre el público para ver a la banda que abre el concierto. Luego de un rato regresa a los camerinos, no sin antes hablar con varios jóvenes que aprovechan la oportunidad para entregarle cd's y casettes. Rato después vuelve a aparecer, esta vez sobre el escenario, conectando sus propios pedales y alistando sus propias guitarras.

De ahí para adelante todo es un solo ambiente de energía y poder al máximo. Tocan temas de todo su repertorio, especialmente de "Bakesale" y "Harmacy" que hacen saltar y bailar al público hasta el final. Como todo, ese momento pasa fugazmente y me encuentro con el Electric Ballroom vaciándose, con las paredes sudando y el piso cubierto de vasos de cerveza. Al salir me despido del hombre de la mercancía quien me recuerda y me da un botón de la banda al despedirse. Coloco el botón en una solapa de mi chaqueta y espero no quitarlo jamás.

martes, 18 de febrero de 2014

Love Burns


Este es el primer capítulo de una novela nunca desarrollada:

Bateria: Tu pa tu-tu pa Tu pa tu-tu pa Tu pa tu-tu pa Tu pa tu-tu pa
“Never thought I’d see her go away, She learned I loved her today, Never thought I'd see her crying, and I learned how to love her today, Never thought I'd rather die, Then try to keep her by my side, Now she's gone love burns inside me, Now she's gone love burns inside me, Now she's gone love burns inside me…”

¡Black Rebel Motorcycle Club! ¡Me encanta esa banda! Parece que hubiera sido hace muy poco cuando estuvieron tocando acá en Bogotá. Recuerdo muy bien que fue en 2008. El mejor Rock al Parque que han hecho. La lluvia de esos tres días fue tan fuerte que incluso cancelaron algunos eventos del festival pero valió la pena haberse mojado de pies a cabeza ese domingo de noviembre. Creo que fue la última vez que hicieron el festival en noviembre.

¡También tocó Bloc Party ese año! Fue toda una experiencia: estos cuatro sujetos llegados de Inglaterra aparecieron en las pantallas gigantes con aspecto de todo menos de estrellas de rock, entraron al escenario con la mirada hacia el piso y apenas mencionaron un par de palabras antes de comenzar el concierto.

Cuatro sujetos que parecían haberse colado en ese escenario en donde apenas dos días atrás habían estado tocando los metaleros más mechudos, agresivos y gritones que uno pueda imaginar. Russell Lisack: un guitarrista escuálido con el pelo sobre la cara que no dirigía su mirada a otra cosa más que a la gran cantidad de pedales de efectos que tenía a sus pies.

Matt Tong, por otra parte, tocaba la batería con mucha fuerza y destreza pero no dejaba de ser irónico ver que esa interpretación viniera de parte de un chino de gafas que parecía más bien un experto en informática o tecnología. A Gordon Moakes basta con nombrarlo, bien puede disputar el premio al bajista más desapercibido de la historia. Como si no fuera un grupo suficientemente extraño y disparejo ya, eran comandados por Kele Okereke, el moreno guitarrista de pequeñas rastas.

Ellos no necesitaban ser extravagantes, no necesitaban maquillarse ni vestirse de alguna manera en especial, lo único que importaba eran las atmósferas envolventes que lograban con sus guitarras, los beats veloces y explosivos que se creaban con el bajo y la batería, y la grandiosa voz de Kele. Durante una hora una multitud saltó, bailó y pogueó sin descanso. Fue un éxtasis colectivo.

Ya la música de Black Rebel Motorcycle Club dejó de sonar y empezó una canción de reggae. El sonido de alguien golpeando en la puerta del camerino me ha sacado de mi fugaz retrospectiva pero la comodidad que me ofrece esta silla en que estoy sentado me tienta a no abrir. "¡Julián!", me grita alguien del otro lado, "Julián, ¡podemos coger latas de Red Bull gratis!" La verdad no me parece que una lata de Red Bull sea razón suficiente para pararme a abrir pero lo hago más bien para que dejen de golpear.

Abro la puerta y descubro que era Fabio quien golpeaba. Tiene latas de Red Bull en todos los bolsillos, tanto los de la chaqueta como los del pantalón. Mientras entra a dejar toda su adquisición me cuenta que han conocido a unas chicas de una banda mexicana. A mí lo que me intriga es porque trajo todas esas latas. "¿Te vas a tomar todo eso? Te va a dar un paro cardíaco en pleno concierto."

"¿Qué más da? Son gratis", me responde mientras sostiene la puerta abierta como esperando a que yo salga para poder cerrarla. Todo lo que le digo parece ser de la menor relevancia para él porque siempre reduce mis grandes cuestionamientos a la simpleza brillante de un par de palabras. En realidad no quiero salir de la tranquilidad de este lugar pero conociéndolo, lo mejor es acompañarlo y así evito un montón de preguntas y explicaciones.

Caminamos sobre césped, a lo largo de los improvisados pasillos de una gigantesca carpa de lona. El lugar está repleto de gente. Me imagino que deben ser músicos, periodistas, managers y demás. Veo algunas caras conocidas y algunas otras caras me miran como si me conocieran. Yo la verdad no quiero hablar con nadie y me limito a caminar tras Fabio, quien por su parte si saluda y habla con varias personas a su paso.

Al llegar a una de las puertas, Fabio abre sin avisar y entramos al que debe ser el camerino más lleno del lugar. Toda la gente está repartida en algunas sillas y en el piso. También están los integrantes de algunas bandas a quienes reconozco. En el sofá están mis otros dos compañeros: Alberto está sentado en el medio contando alguna de sus historias mientras muchos siguen atentos lo que dice y Nicolás, por su parte, está comiendo de la tabla de quesos y jamones del camerino.

"El es Julián", dice Fabio presentándome a dos mujeres. Una lleva el cabello corto, pintado de rubio y tiene un saco adidas gris, de estos que tienen capota y el logo antiguo puesto al frente de color azul. "¿Así que usted es Julián? ¿Pero donde andaba? ¿Dónde se había escondido? Soy Julia ¿Cómo esta? ¿Está nervioso?" Muchas preguntas para ser respondidas de una vez así que solo le devuelvo una sonrisa.

La otra chica tiene el cabello castaño un poco largo y lacio, y se presenta de una manera más concreta. "Cristina, un gusto". De inmediato he decidido que Cristina es quien me cae bien de las dos. Además de sus pocas palabras, me gusta como viste. Una camiseta de Buzzcocks, un saco negro de capota y un chaleco de jean. ¡Punk Rock!

Como siempre pasa en Bogotá con los extranjeros, todos les preguntaban a ellas dos por su país. "¿Qué tal la comida mexicana? ¿Cómo está la música en México? México está muy violento últimamente, ¿no es así?" Julia parece ser la portavoz oficial de la banda porque responde todas las preguntas como si estuviera en un magazine televisivo. Al escuchar esta improvisada rueda de prensa lo único que espero es que nadie vaya a hacer la clásica pregunta “Y ¿cómo les ha parecido Colombia?” No puedo explicar bien porque pero odio cuando alguien pregunta eso.

He decidido quedarme aquí de pie junto a la puerta, por si hay que escapar de repente. Para ocupar las manos tomó una lata de Red Bull ya que en este lugar también abundan y la destapo. Tomo un sorbo pero es suficiente para recordar porque no me gusta eso. Tiene un sabor particular que no disfruto en lo absoluto.

El no estar participando activamente de ninguna conversación se presta para perderse en ensoñaciones. Por unos instantes regreso de nuevo a ese festival de 2008 en el que pensaba hace un rato. Recuerdo estar completamente mojado y con un frio que se calaba hasta los huesos, en medio de la multitud. Desde donde estaba no alcanzaba a ver bien la tarima y me tenía que contentar con las pantallas gigantes. Allí estaba Robert Levon Been con su característico bajo de cuerpo hueco diciendo algo que se perdía a través de la distancia y el ruido de la gente. Caminaba hacia su amplificador, se acomodaba mejor su chaqueta negra de cuero como queriéndose cubrir del frio, tocaba dos o tres notas para probar el volumen y el tono de su distorsión. entonces comenzaba.

Puedo oír ahora mismo el riff de bajo de Whatever Happened to my Rock n’ Roll, como si estuviera sonando acá mismo, o mejor, como si yo estuviera de nuevo en ese concierto, siento el frio en los pies, el dolor en las rodillas y luego, en el momento en que grita "One, Two, Three, Whoo" y da entrada a la guitarra y a la batería puedo sentir un corrientazo pasando por mi espalda.

Eso me trae de regreso a este camerino lleno de gente y veo que siguen aún con las preguntas de México. Todavía tengo en mi mano la lata casi llena de Red Bull y la dejo en la misma mesa en que la encontré. Mi atención regresa de nuevo a la camiseta de Buzzcocks. Tiene un diseño muy llamativo y colorido pero no parece ser usada por una mujer sino por un niño debido a la delgadez de Cristina y a su poca voluptuosidad. Al estar observándola, puedo notar el momento en que saca una cajetilla de Marlboro rojo de su chaleco de jean y se lleva un cigarrillo a los labios.

Justo antes de encenderlo Cristina se ve recriminada por su compañera quien le dice que si va a fumar lo haga afuera. Sin decir nada al respecto se levanta de su silla y se dirige hacia donde yo me encuentro. "¿Me puedo robar un cigarrillo?" le pregunto, "Tal vez un poco de aire impuro me siente bien". Cristina se ríe y me ofrece uno, "Claro, toma". Mientras busca el encendedor se aleja del lugar en que estábamos y se dirige a la salida de la gran carpa.

Al salir enciende el cigarrillo y, sin apagar la llama, me ofrece fuego. Al expulsar la primera bocanada me pregunta "Julián… ¿listo para tocar?" Yo simplemente asiento, No es gran cosa. Cristina se ríe de nuevo. Luego de unos segundos de silencio vuelve a intentar otra pregunta, "¿y…cuántos años tiene?" Pienso que si lo que pretende es comenzar una conversación larga y tendida no fue la pregunta adecuada porque le contesto y todo vuelve a quedar en silencio: "21."

Tal vez aplicando eso de que la tercera es la vencida, Cristina vuelve a la carga: "¿Y… que hace? ¿Solo tocar en la banda o algo más?" ¡Vaya! Que pregunta más complicada ¿Qué hago? Pues dormir, comer, respirar… ¡muchas cosas! Pero sé que eso no es lo que quiere saber. Después de pensarlo por algunos segundos le cuento que voy a clases en la Universidad. "¡Ahh, está en la universidad! ¿Y que estudia?" ¡Mierda! ¡Qué embrollo en el que me he metido! Es algo muy complicado de explicar y un terreno en el que no me siento cómodo.

Sin embargo es bueno que Cristina haya preguntado eso porque ahora oficialmente hay conversación. Sin mayores reparos le cuento, solamente esperando que entienda y que no haya muchas preguntas de vuelta. "Oficialmente no estoy inscrito en la universidad. Simplemente asisto a clases que me parecen interesantes de cualquier carrera. Artes, Literatura, Historia, Sociología. Cuando salí del colegio no sabía que estudiar. De hecho no quería estudiar pero eventualmente el tedio y el desocupe me obligaron a esa opción."

"¡Padrísimo!" Es lo único que Cristina responde y sigue fumando. Al cabo de un rato me pregunta "¿Y sus padres que dicen?" "Nada", y es verdad nunca dijeron nada. Tal vez les bastó con que hubiera terminado el colegio y que aún estuviera vivo. En todo caso hace mucho no hablo con ellos. Igual no vivo con ellos. "¿En donde vive entonces?" "Con Fabio".

"¡Hablando de mí! Así me gusta". Como si hubiera sido invocado apareció Fabio tras nosotros. Siempre he pensado que debe tener el don de la omnipresencia. En donde menos lo esperas allí aparece Fabio. ¡Ha llegado a estar hasta en 5 fiestas en una misma noche! Al menos eso he oído. "Vamos, es hora de nuestra prueba de sonido", me dice agitando sus baquetas en el aire y sigue caminando. "Bueno, ahora hablamos Cristina", me despido mientras voy detrás de Fabio. "Bien, buena suerte", me responde ella agitando la mano.

Pasamos por unas cercas en donde hay personas vigilando la carpa y caminamos a través de un espacio dedicado a estacionar carros, camiones y buses. Por allí veo el bus en el que llegamos hace un rato. Luego de atravesar ese parqueadero improvisado llegamos a otra cerca en la que tenemos que mostrar los cartones con nuestro nombre que nos acreditan como músicos.

Al subir unas pequeñas escaleras nos hallamos en un gran escenario. Será el escenario más grande en que haya tocado y debo confesar que no deja de ser un poco intimidante. Allí ya esta Alberto conectando sus pedales y Nicolás afinando su bajo. Busco mi maleta junto a todas nuestras cosas y saco los 5 pedales de efectos que usaré hoy. Los conecto en el orden que en mi cuaderno esta anotado y los configuro siguiendo la instrucción que yo mismo alguna vez anoté.

Luego de esto tomo una de las guitarras que traje hoy, con la que comenzaré el concierto y la que usaré más. Es una Fender Jazzmaster de color gris con azul. Mi guitarra preferida. Justo cuando la vi en un almacén del centro supe que tenía que comprarla. Tiene un aire a las guitarras que usaba Sonic Youth o My Bloody Valentine, lo que me da seguridad.

Luego de afinarla y asegurarme de que tuviera el volumen correcto, la dejo en su soporte y me siento a un lado del escenario a esperar que Fabio termine de organizar su set de batería y así poder comenzar a hacer la prueba de sonido. En el escenario hay otra nevera de Red Bull y para matar un poco de tiempo voy a hacia ella y saco una lata. De nuevo la pruebo con disgusto y la dejo a un lado.

Ahora la música electrónica que sonaba por los bafles del lugar parece estar por acabarse y dirijo mi atención a la música. ¿Qué sonará ahora? "Hey! Been trying to meet you… uh, uh, uh, uhhhh…" De inmediato un sentimiento de nostalgia me invade mientras que los suaves acordes de Hey! de The Pixies empiezan a sonar. La paca de botellas de agua en la que me encuentro sentado parece atraparme y no dejarme mover.

Me inclino y llevo el rostro hacia las manos tratando de, por un instante, desaparecer de este lugar. "Hey! must be a devil between us or whores in my head, whores at my door, whores at my bed. But hey! Where have you been? If you go, I will surely die. We’re chained." Sarah aparece en mi mente y de nuevo me transporto a un evento pasado. Esa tarde de lunes festivo en que hicimos un picnic a las afueras de la biblioteca Virgilio Barco. El lugar estaba completamente vacío, parecía que la ciudad había sido evacuada. Solamente se oían los ruidos lejanos de buses y automóviles. Después de comer un sándwich de queso con tomates y pesto, y una lata de coca-cola nos echamos en el prado a mirar el cielo mientras atardecía. No recuerdo de que hablábamos en esa ocasión pero recuerdo el momento en que esta canción de The Pixies sonó en el celular que ambientaba la tarde. Fue en el momento en que un avión pasó dejando una estela en el cielo y lo vimos hasta que se perdió en el horizonte.
"Julián, ¿estás bien?" Es Alberto quien se ha acercado a traerme de regreso a la tarima. "Sí, estoy bien". "Dale, vamos a probar sonido ya!" Es lo que me dice antes de alejarse hacia el otro lado del escenario en donde tiene su guitarra. Con mucho esfuerzo, tomo una bocanada de aire y me paro. Tomo mi guitarra, saco un pic de mi bolsillo y comienzo a rasgar las cuerdas. Por los bafles suena una voz que dice "Chicos, toquen una canción y vamos cuadrando." Fabio grita "¡Vamos! ¡La primera de la lista!" Y marca el tiempo golpeando sus baquetas una contra otra. Tick, tick, tick, tick.

domingo, 27 de octubre de 2013

Transformer (Dedicado a Lou Reed)

Uno se pasa por la vida mintiéndose a si mismo y eso aplica tanto para las desiciones vitales más trascendentales como para las pequeñeces cotidianas, por ejemplo, las tareas. ¿Quien dice que para hacer las tareas uno tiene que recluirse en el silencio de una biblioteca? Esa fue la mentira que yo me creí en esa ocasión. Luego de escoger el lugar indicado para trabajar, dejé mi cuaderno y fui a buscar algunos libros que me sirvieran.

Luego de revisar varios estantes, fui llevando algunos llibros a la mesa y los empecé a ojear. Al cabo de un rato sentí hambre y miré el reloj. Eran un poco más de las 2 de la tarde y pensé en ir a almorzar. Ya hubiera sido demasiado irme a almorzar tan solo unos minutos despues de haber llegado, por lo que decidí buscar un par de libros más.

Como puesto por el destino allí estaba, en medio de unos libros sobre teorías estructural-funcionalistas, un libro que se llamaba "Las Transformaciones de Lou Reed". Tal fue la curiosidad que me causó ese ejemplar que lo llevé a la mesa en que estaba estudiando y comenzé a devorarlo como si del almuerzo se tratara. Mis referencias a este personaje llegaban simplemente a las canciones de "The Velvet Underground & Nico" y fue eso precisamente lo que puse en mis audifonos para acompañar la lectura.

El sentimiento que me produjo conocer cada detalle de la vida de Lou Reed solo se puede comparar con el momento en que escuché por primera vez "Rock n' Roll High School" de The Ramones o cuando leía las primeras lineas de "La Senda del Perdedor" de Charles Bukowski. Una simpatía tal que sentía que cada cosa que leía estaba hecha para que Yo, y solamente Yo, la conociera.

De repente todos los pensamientos hacia la vida, hacia mis compañeros, hacia mi familia y hacia el mundo, que me habian hecho sentir como un maldito desadaptado durante tanto tiempo, no parecían tan absurdos. Existía alguien que, en cierta medida, los compartía conmigo.¡Alguién que tuvo mi edad en un tiempo y lugar muy distantes pero que esa tarde se sentía tan próximo!

Cuando lo noté, la biblioteca estaba vacia y afuera ya todo estaba oscuro. Un aire de melancolía invadía el salón pero yo estaba alegre por haber conocido a un nuevo amigo. Salí de la biblioteca y caminé hacia la parada del bus. En ningún momento pude dejar de pensar en las terapias de electroshock que Lou tuvo que sufrir por sus supuestas tendencias homosexuales, el momento en que Warhol lo adoptó como protegido y lo convirtió en principe de Nueva York, el corazón roto que Nico le dejó. Incluso podía imaginar alguna brillante respuesta cargada de ironía que Lou le daba a algún capitán de equipo de fútbol americano allá en la Universidad de Syracusa. ¿Caminaría Lou por el campus de esa universidad como lo hacía yo por los pasajes de la Nacional en Bogotá?

Llegué esa noche a casa y mientras escuchaba toda la música de Lou Reed que pudiera encontrar también le escribía al profesor de mi curso: "Apreciado Profesor. Lo lamento mucho pero no hice el trabajo".


Hay personas que uno nunca ha conocido pero que lo influencian de tal manera que su partida duele como si se fuera alguien muy cercano. Descanse en paz Lou Reed. ¡Gracias por todo!


domingo, 13 de octubre de 2013

De nuevo rodando en la bici



De nuevo rodando en la bici. Es lo mejor que se puede hacer cuando comienza a llover ya que en esa situación puedes sentirte libre. Cada gota de agua que golpea tu rostro ofrece un pequeño sosiego. El alma encuentra armonía cuando el ambiente que la rodea se le asemeja, es por eso que las personas felices solo disfrutan los días soleados, cuando toda la gente sale a pasear con una sonrisa puesta. Yo, en cambio, disfruto pasear durante un día tormentoso en el que nadie se atreve a salir y las calles se encuentran vacías.

Sin un rumbo fijo, decidí adentrarme por calles desconocidas por las que nunca había pasado. Observar esos nuevos lugares también era muy gratificante y cuando la imaginación me lo permitía, sentía que estaba en un lugar lejano en el que nadie me conocía ni en el que yo conocía a nadie. 

Un callejón en particular llamó mi atención. Era el único por el sector en el que no había paso para carros y un montón de árboles lo adornaban. Tampoco tenía puertas; al parecer eran las partes traseras de las casas las que daban contra él. Bajé de la bici y caminé. Bajo uno de los árboles (tal vez el más florido de todos) había una mujer refugiándose de la lluvia. Para ese momento estaba completamente mojado y mi cuerpo temblaba por el frio. Le pregunté si podía acompañarla y ella asintió.

Su rasgo más particular era una pañoleta cubriendo su cabeza al mejor estilo Medio Oriente y su aspecto en general me hacía pensar que bien se podría tratar de una princesa persa, una hermosa mujer de Teherán o Beirut. Sus ojos claros eran hipnotizantes y su sonrisa muy encantadora. Me ofreció un pequeño chocolate y estuvimos bajo ese árbol durante horas.

Podrán comprender que toda la situación era demasiado surreal por lo que un beso no sería nada descabellado. Las palabras dejaron de oírse y su mirada se encontró con la mía durante un rato. Acerqué mi rostro hasta que nuestros labios se juntaron y nos besamos de la manera más apasionada bajo el abrigo de este árbol amigo. Mientras esto ocurría, gotas de agua rodaban por nuestras mejillas. Luego me abrazó durante varios minutos, se despidió y se fue corriendo a lo largo del callejón mientras la lluvia seguía cayendo.

Ocurrido esto abrí los ojos y me encontré botado en el suelo con la bici a un lado. Al parecer me había desmayado, no sé durante cuánto tiempo y temblaba como nunca lo había hecho. Tuve que tomar muchas fuerzas para ponerme de pie porque los músculos no me respondían y fue aún mucho más complicado emprender mi camino en la bici. Antes de arrancar noté que se le había soltado la cadena y realizar este pequeño arreglo nunca había sido tan difícil.

Mientras pedaleaba tratando de contrarrestar los principios de hipotermia, pensé que si cada vez que saliera de paseo bajo la lluvia iba a tener alucinaciones como la de esa tarde no dudaría en hacerlo cada vez que la oportunidad se presentara.