Me despedí de Cristian en un parque de Palermo, uno que es muy grande, donde parcha la gente de la Universidad Católica y de la Santo Tomás. “Espérese y nos tomamos otra pola” me decía tratándome de convencer. Miré el reloj y faltaban como 15 minutos para las 7. Había quedado de ir a un toque y haciendo cuentas de tiempo ya era hora de ir a coger el bus. Además el andaba con una chica y pensé que era mejor que se quedara con ella a ver si resultaba algo.
“Todo bien Cristo, yo arranco ya. Me toca ir a la casa a cambiarme y luego voy para el toque”. Me dejó con la mano extendida mientras me decía que todavía era temprano, que ni siquiera eran las 7. El problema es que me tocaba ir hasta mi casa en el sur y luego salir para el toque que era en La Hamburguesería de Colina Campestre. “¡Uh, es que es bien lejos!, no pues hágale entonces. ¿Por dónde se va?” Mientras me estrechaba la mano ahora sí, le dije que bajaba por la calle 45 hasta la carrera 30. “¡Vale, estamos hablando entonces!”.
Al comenzar a caminar todo empezó a pasar extremadamente lento, cada paso que daba empezaba a sentirse como una eternidad. Vi los últimos árboles del parque y me pregunté desde hace cuantos años estarían ahí sembrados. El simple acto de dirigir la mirada hacia otro punto parecía esforzado y cada pensamiento se empezaba a entrelazar de manera extraña con otros que aparentemente nada tenían que ver.
Saqué los audífonos para escuchar música desde el punto en que la había dejado horas atrás: Parquet Courts. El frenesí de Light Up Gold me causaba una extraña sensación de aturdimiento, ¿cómo podía ir esa canción tan rápido si todo pasaba tan lento? Pasé por una panadería en la que había unos obreros merendando tinto con roscón y al quedarme viéndolos el hi-hat de la canción empezó a ralentizarse como un casette cuando se está dañando.
Ahora podía encontrar pequeños detalles en las guitarras que nunca había notado. Los obreros se fijaron que los estaba observando entonces seguí caminando. Sentí que ya había pasado como media hora desde que me despedí de ellos pero al voltear la mirada si acaso me había alejado media cuadra del parque.
Al seguir mi camino cada anuncio de tienda se robaba mi atención y contribuía a aumentar la cadena de pensamientos de manera vertiginosa. Tienda de mascotas, comida china, chuzo de empanadas, minutos a celular, pizzería, tiendita de cervezas con rockola, librería… ¡Ya estaba en la 45 y yo ni me había dado cuenta! No recuerdo que hora era, parecía que hubiera pasado una hora o dos, pero debía ser hora pico porque los andenes estaban repletos de gente.
¿Alguna vez se han fijado que hacen las personas con que se cruzan por la calle? Es un ejercicio fascinante: la mayoría de personas ignoran que se cruzaron con otra vida por la calle. Una ciudad hace demasiado banal una sola vida como para prestarle atención. Lo extraño pasa cuando alguien si la nota. Un cruce de miradas puede ser algo intimidante y aterrador, es por eso que el 99% de personas que se atreven a mirar a quien se les cruza lo hacen en menos de un segundo para velozmente mirar en otra dirección.
Esto me emocionó tanto que de repente iba caminando con una sonrisota como si me burlara de los transeúntes. Ahora si habían muchos más que se me quedaban viendo. Y con toda razón. A lo mejor se preguntarían “¿ese guevón de que se ríe? ¡Esta noche tan gris y lluviosa, esta calle tan cochina y congestionada y ese ahí riéndose solo!”.
Sonaba “Stoned & starving” cuando un par de travestis pasaron. Aún estaba en mi ejercicio de mirar rostros desconocidos y uno de ellos, muy gentilmente, me mandó un beso. ¡Ja! ¿Solo ha sonado una canción? ¿Porque siento que hubieran pasado como 3 horas? Ese feedback de guitarra al final de “Stoned & starving” es demasiado. Hacen chillar esa guitarra a un punto que mis oídos no aguantan. Mejor cambio la canción. Frecuentemente termino poniendo el primer álbum de The Libertines. ¡Qué delicia!
A mi derecha había un muro que nunca parecía terminar. Debía ser un colegio o algo parecido. En este punto ya no me cruzaba con nadie más y dirigí la mirada al piso. Sin embargo en la vista periférica seguía presente el muro a un lado y el trancón de carros al otro. Sentí que estuviera fingiendo caminar con un fondo que se movía, al estilo de algunos videos musicales. Ese muro y ese ambiente de llovizna y smog me hacían pensar en algún lugar y tiempo lejano. Algo tipo Manchester, Inglaterra tatcheriana, paros obreros, The Specials o Madness.
El muro terminó en la mejor parte de mi videoclip imaginario y tuve que parar a esperar que el semáforo cambiara para poder cruzar. A un lado estaba la pastelería Toledo y al otro lado se divisaba ParkWay. Para ese momento ya tenían que haber pasado de seguro 4 horas. Ya era demasiado tarde para ir al toque. Al cruzar la calle me acerque a un vendedor ambulante.
Para ese momento el ejercicio de mirar rostros había terminado. Tomé un cigarrillo y le pasé 300 pesos. El trataba de entablar una conversación conmigo pero escasamente le podía responder. Yo no estaba en modo conversación y no me decidí a mirarlo a la cara. Le di las gracias y me fui.
Justo en el momento en que me giré me pareció creer que era igual a Charles Bukowski, pero no lo había visto bien. ¿Sería realmente él? Si alguien hubiera sido capaz de burlar a la señora Muerte y a todo el resto del mundo de paso, ese hubiera sido él. Tal vez había aceptado una invitación de Marco Antonio Calá a Bucaramanga y ahora estaba en Bogotá vendiendo cigarros y dulces.
Traté de despabilarme. ¿En que estaba pensando? Ese no podía ser Bukowski. El tipo no hubiera sido tan amable; y claro, no es posible escapar de la señora Muerte. El tipo estaba muerto desde hace un buen tiempo. Sin embargo sentí que debería devolverme para comprobar que no fuera él. Antes de hacerlo también pensé que si no me cercioraba quedaba un margen de duda y tal vez eso era mejor, así podía echar mejor el cuento.
Estando en este dilema se me acerco un indigente a pedirme el cigarrillo. Yo estaba ocupado pensando en mi incierto encuentro entonces solo le hice el gesto con la cabeza de que no. Parecía molesto pero no podía escuchar que decía, yo solo oía “Time for Heroes” de The Libertines. Para ese momento ya iba llegando al puente peatonal de la carrera 30 y súbitamente decidí que iría a comprobar de una vez por todas si ese era Bukowski o no.
En ese repentino giro me encontré de frente con el hombre que quería mi cigarrillo. Venía tras de mi encorvado como una leona lista para atacar a su presa. Creo que de alguna manera lo sorprendí porque se quedo quieto por un momento con cara de sorpresa. En ese momento alcancé a ver que en su mano empuñaba un pedazo de lata y tuve el tiempo suficiente para volver a girar y salir corriendo.
Cuando llegué al puente peatonal de Transmilenio volteé a mirar para ver si me habían perseguido pero todo parecía indicar que no. Decidí que ya no iría al toque, era a las 10 y tenían que ser por lo menos las 11. Ya no tenía ningún propósito siquiera intentarlo. Antes de subir el puente peatonal miré al reloj que había a la entrada de la estación: 7:12 p.m. Hasta el día de hoy la única explicación que logró encontrar para esa tarde es que en la 45 el tiempo se detiene.
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