domingo, 24 de junio de 2012

Cristos Sangrantes


No sé como llegué hasta ahí. Era la primera vez que veía una calle que fuera en espiral.

Estaba rodeado de casas altas y viejas, sin duda me encontraba en el centro de la ciudad. Aún así no recordaba haber visto ni haber oído de nada semejante.

Pensé que había logrado acceder a un pasaje que nunca nadie más había visto y a pesar de que el lugar era un tanto tenebroso y misterioso sentía curiosidad por seguir caminando por ese lugar desconocido.

Eran unas casas altas y viejas que solo puedo comparar con algunas edificaciones de Ámsterdam, pero la calle se volvía cada vez más estrecha, al estilo del Chorro de Quevedo, y al igual que ese legendario lugar, tenía el suelo empedrado.
Cada vez había menos luz, no estaba seguro si era por lo estrecho de la calle o porque, sin darme cuenta, había comenzado a caminar debajo de un tejado.

Al llegar al final de la espiral, a su punto más central y resguardado, me encontré dentro de una iglesia con detalles hasta más no poder. Era como la iglesia de San Ignacio, pero daba más terror. Los santos miraban inquietantemente desde su pedestal.

No pude soportar ver un pabellón repleto de crucifijos, de todos los tamaños y formas, de diferentes materiales y estilos pero todos con su respectivo Cristo mutilado. Era la imagen más espantosa que había visto en mucho tiempo. Ahora que lo pienso no se que sostenía a los cristos de sus respectivas cruces, si no tenían brazos ni piernas. Solo tenían sangre derramándose por doquier.

No importaba si eran figuras de madera, de mármol, de piedra, de metal, todos tenían sangre tan roja y viva como la mía. No tuve más remedio que correr de nuevo por toda la espiral esperando buscar la salida que no recordaba si existía. Solo me acuerdo que en mi recorrido me encontré con una imagen aún más horrorosa, que me aterra aún hoy cuando la recuerdo: una macabra sonrisa de una monja. Tal vez ella sabia que me aterroricé con el pabellón de los cristos sangrantes y eso la hacia feliz. 

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