No existe nada comparable a la paz y a la comodidad que puede ofrecer el siguiente escenario: Una habitación con calefacción en medio de un día frío, un sofá, un par de cobijas, un poco de té de frutas y una buena película. Bueno, en realidad la película no era tan buena: se llamaba Hidalgo, era sobre un caballo y su jinete quienes iban a correr una carrera al desierto de Arabia. Era extremadamente predecible, pero eso hacía al escenario todavía más cómodo.
En medio de la película tuve un impulso por ir a buscar algo a los cajones que había debajo de la cama, el único lugar que tenía para guardar mis pertenencias. Abrí los cajones pero no sabía que estaba buscando. Me quede mirando las pocas cosas que tenía y encontré algunas que nunca usaba: Unas Converse que me habían regalado pero que me rehúse a usar porque no me gustaban, un par de camisetas y una chaqueta. Todo estaba casi nuevo, pero sabía que nunca lo iba a usar. Cogí entonces una bolsa y eché los objetos en ella.
Me puse unos zapatos, una chaqueta y salí con la bolsa. Tenía la intención de arrojarla a la basura pero cuando me dí cuenta ya había caminando varias calles con la bolsa en la mano. Caminé durante casi una hora pensando en un sinfín de cosas "¿Que iba a hacer con esos objetos?, ¿Hacía donde me dirigía?¿Había cerrado la puerta de la casa?¿Habría Hidalgo ganado la carrera del desierto?"
En algún momento de mi caminata me encontré ante la vitrina de una tienda de ropa usada. Entré y estuve mucho tiempo viendo cada rincón de la tienda. Era fascinante ver tanta variedad de objetos y pensar en sus dueños y en como habían terminado ahí. Luego de un largo rato encontré un saco viejo y feo, hecho de lana, con rayas verdes, grises y rojizas. Pregunté cuanto costaba pero en todo caso no tenía dinero para comprarlo.
Cuando salí de la tienda pensé que tal vez podría vender los objetos de la bolsa y así tendría dinero para comprar el saco. Entré y le pregunté a un sujeto cuanto me daría por mis objetos. Resultaba que era solo unos centavos más que el precio del saco. Sin dudarlo recibí el dinero, entregué mi bolsa y me dirigí hacia el saco viejo y feo. Me lo probé y me quedaba grande. Luego pasé por la caja, le di el dinero del saco al hombre que recién me había dado el dinero y me dirigí a la salida.
Antes de salir el sujeto me preguntó porque había cambiado mis objetos que eran nuevos y más costosos por un saco viejo y feo. Solo le contesté: "Señor, usted no entendería" y dejé el lugar.
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