"Mijo, mijo... ¿a que horas va a caer?". Ya llevaba dos días en Barcelona y no habia logrado encontrarme con Carlitox aún. La jornada de capacitaciones y reuniones laborales por las que terminé en Cataluña ocupaban casi la totalidad del día. Sin embargo decidí que así fuera casi la media noche saldría en busca de lo que la noche de verano podría ofrecerme: "Negrito, hasta ahora me desocupé. ¿A dónde le caigo?".
"Pillemonos en La Sagrada Familia a las 12 mijoooo". Aunque los únicos tennis que tenía me habian causado llagas en los días anteriores, no tuve otra opción que usarlos por cerca de una hora, que era el tiempo que duró mi caminata desde Carrer de Princesa, y llenarme los pies de sangre.
Después de resto sin pillar a Carlitox, llegó con su clásica camiseta de fútbol, al KFC que quedaba al frente de la catedral. De inmediato nos dimos a la búsqueda de las primeras polas de la noche, las cuales fueron de una tienda de pakistanís. Después de un resto andando por la ciudad, y varias compras de trago más, llegamos a El Raval, un barrio que mezcla de anticapitalismo con suciedad y bohemia.
Nos parchamos en un parquecito que estaba lleno de skaters, hippies y chirris, allí descargamos nuestra dotación de licor y cigarros, y nos dedicamos a actualizar todos los chismes. Carlitox contaba de lo duro que pegaba en Barcelona Systema Solar, y lo solo que estuvo el concierto de 1280 Almas.
En algún momento llegaron unos okupas italianos a pedirnos cigarros, y les ofrecimos uno porque después nos los ganabamos. En un extraño trato, fruto del agradecimiento o del exceso de comida, los okupas nos regalaron pizza que recogian de los restaurantes. Se parcharon un rato hasta que se aburrieron de nuestro falso acento, mezcla de español callejero, San Andresito y las novelas de Pablo Escobar.
En ese momento ya el parquecito se habia quedado solo, y solo quedabamos nosotros, un pakistaní que volvía cada tanto a seguir ofreciendo pola y un chirri durmiendo. La tranquilidad que inundaba el lugar fue alterada por unos gritos que venian de algunas de las esquinas del parque. Resulta que un chirri quería robar a otro y este le respondió con cuchillo en mano. A pesar de que en teoría sería una escena de susto, la persecusión que contemplamos, que ocurría a cámara lenta, solo generó un cague de risa.
Cuando el chirri asaltador huyo de la escena, el afectado se dirigió a nosotros: "¿Ustedes que están viendo? Ustedes no han visto nada tios". Y como colombiano no come de chirri español, así tenga cuchillo en mano, nos paramos y le hablamos bien duro, y con el mejor (o peor) acento antioqueño posible: "Nosotros sabemos que en la calle no se roba papi, estamos aca sanos, así que no nos joda". Ante tal imponencia montañera el chirri se excusó y regreso a su rincón.
El man de la cerveza ya se había ido, por lo que tuvimos que ir en busca de más cerveza en otro lugar. Nos dirigimos a Les Rambles y allí compramos otro sixpack de Estrella Galicia. Esta vez, debido a la hora y a nuestro estado tal vez, otro pakistaní nos ofreció variedad de drogas en un atropellado español. De nuevo ese acento, que a pesar de ser colombianos no nos pertenece, salió a flote: "Papi nosotros de Colombia, ¿si pilla?... si nos gusta le compramos harto, pero nos tiene que dejar probar". Luego de unas llamadas en árabe, el man acepto y nos permitió una agradable degustación y nos dijo que el gramo era a 50 euros. Tras eso, intercambiamos teléfonos, y le dijimos que lo llamariamos a ver que. Obviamente nunca ocurrió.
Mientras caminabamos (o tambaleabamos mejor) por el Barrio Gótico, empecé a observar rayos de sol colarse entre los edificios. "!¿Que horas son, perro?!" "Las 7 negrito". Que mierda, tenía menos de una hora para dormir, bañarme y llegar a la oficina para las respectivas capacitaciones. Caminamos hasta el hotel y fumamos el último cigarro del encuentro. Agradezco al Red Bull, al café y al vómito haberme permitido pilotear otro día oficinesco.
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