De nuevo rodando en la bici. Es
lo mejor que se puede hacer cuando comienza a llover ya que en esa situación
puedes sentirte libre. Cada gota de agua que golpea tu rostro ofrece un pequeño
sosiego. El alma encuentra armonía cuando el ambiente que la rodea se le
asemeja, es por eso que las personas felices solo disfrutan los días soleados,
cuando toda la gente sale a pasear con una sonrisa puesta. Yo, en cambio,
disfruto pasear durante un día tormentoso en el que nadie se atreve a salir y
las calles se encuentran vacías.
Sin un rumbo fijo, decidí adentrarme
por calles desconocidas por las que nunca había pasado. Observar esos nuevos
lugares también era muy gratificante y cuando la imaginación me lo permitía,
sentía que estaba en un lugar lejano en el que nadie me conocía ni en el que yo
conocía a nadie.
Un callejón en particular llamó
mi atención. Era el único por el sector en el que no había paso para carros y
un montón de árboles lo adornaban. Tampoco tenía puertas; al parecer eran las
partes traseras de las casas las que daban contra él. Bajé de la bici y caminé. Bajo uno de los árboles (tal vez el más florido de todos) había una
mujer refugiándose de la lluvia. Para ese momento estaba completamente mojado y
mi cuerpo temblaba por el frio. Le pregunté si podía acompañarla y ella
asintió.
Su rasgo más particular era una
pañoleta cubriendo su cabeza al mejor estilo Medio Oriente y su aspecto en
general me hacía pensar que bien se podría tratar de una princesa persa,
una hermosa mujer de Teherán o Beirut. Sus ojos claros eran hipnotizantes y su
sonrisa muy encantadora. Me ofreció un pequeño chocolate y estuvimos bajo ese
árbol durante horas.
Podrán comprender que toda la
situación era demasiado surreal por lo que un beso no sería nada descabellado.
Las palabras dejaron de oírse y su mirada se encontró con la mía durante un
rato. Acerqué mi rostro hasta que nuestros labios se juntaron y nos besamos de
la manera más apasionada bajo el abrigo de este árbol amigo. Mientras esto ocurría, gotas de
agua rodaban por nuestras mejillas. Luego me abrazó durante varios minutos, se
despidió y se fue corriendo a lo largo del callejón mientras la lluvia seguía
cayendo.
Ocurrido esto abrí los ojos y me
encontré botado en el suelo con la bici a un lado. Al parecer me había desmayado,
no sé durante cuánto tiempo y temblaba como nunca lo había hecho. Tuve que
tomar muchas fuerzas para ponerme de pie porque los músculos no me respondían y
fue aún mucho más complicado emprender mi camino en la bici. Antes de arrancar
noté que se le había soltado la cadena y realizar este pequeño arreglo nunca
había sido tan difícil.
Mientras pedaleaba tratando de
contrarrestar los principios de hipotermia, pensé que si cada vez que saliera
de paseo bajo la lluvia iba a tener alucinaciones como la de esa tarde no
dudaría en hacerlo cada vez que la oportunidad se presentara.
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