En esta ocasión una ingenua fantasía adolescente se hizo realidad. Era una tarde soleada y mucha gente disfrutaba de la vida en las aceras, con música a alto volumen y canastas de cerveza. Yo, sin embargo, caminaba un poco ansioso en busca de un lugar de llamadas telefónicas. Había encontrado muchos lugares como esos ya, pero no había conseguido uno en el que pudiera hacer una llamada internacional. Fui la persona más feliz del mundo, en medio de ese ambiente carnavalesco, cuando pude hablar con ella, no entendía porque no la había llamado antes.
Era imposible que las siguientes escenas hubieran ocurrido esa misma tarde y, en efecto, fue surreal que así hubiera sido ya que después de haber charlado con ella por teléfono, desde el frío estado de Washington, me la encontré en un clima costero, con piscinas y parasoles. Estaba más bonita de lo que la recordaba, tenía un sombrero grande y unas gafas de sol, muy al estilo diva. Cuando la vi la abracé por un rato muy largo.
Bueno, acá es cuando la travesura adolescente ocurrió: Decidimos meternos a una piscina, porque hacía mucho calor. Allí me estaba contando algunas historias mientras veíamos a todo el mundo divirtiéndose como solo en una piscina se puede hacer. De repente llegó el guardián de la piscina a regañarme por no tener puesto el gorro de piscina. La verdad no me lo había puesto porque parecía tonto con ese gorro, y eso era lo que menos quería, estando ella ahí.
El señor se tornó muy insistente pero desobedecerlo y retarlo me pareció la mejor forma de impresionarla (y la más divertida). De repente este hombre decidió tirarse a la piscina a sacarme. Muy rápido me di cuenta que yo era más veloz nadando que él, por lo que escaparme era muy fácil, además cuando la volteaba a mirar, ella estaba riéndose a carcajadas, lo que me animaba a seguir fastidiando al pobre guardia.
El clímax llegó cuando me paré afuera de la piscina y tenía la atención de todas las personas. El guardia llegó enfurecido a sacarme pero decidí retarlo a una carrera: “Si es tan teso, pues gáneme en llegar al otro lado de la piscina”. El se negó y solo insistía en sacarme. De repente ella empezó a gritar desde el otro extremo de la piscina: “Carrera” en una especie de barra a la que se iban uniendo todas las personas progresivamente.
El guardia no tuvo otra opción que aceptar pero obviamente perdió. Yo por mi parte tuve mi premio. Jenny dijo entre risas: “Hace rato no me divertía tanto” y me dio un beso en la mejilla.
Que nota de historia... lo que hace el poder de una bella sonrisa,.... buen trabajo, si asi.
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